«Un día como hoy»: Robinson Crusoe

¿Quién no ha leído de niño, joven e incluso adulto la popular novela, “Robinson Crusoe “, que ha inspirado un sinfín de películas, como la dirigida por el cineasta francés Georges Meliès en 1902, o la del director español Luis Buñuel, en 1952?

Sin dudas un clásico de todos los tiempso que apareció un  25 de abril de 1719, gracias al ingenio y la prosa del el escritor londinense Daniel Defoe (1660-1731).

Defoe tenía ya casi sesenta años, siete hijos y se hallaba sumido en la más completa penuria, sin trabajo en el periodismo, cuando la desesperación le indujo a probar fortuna en un terreno todavía inexplorado para él: la novela.

En los doce años siguientes, escribió nueve obras de ese género, una de las cuales se convertiría en la más popular tal vez de todas las novelas de aventuras: «Robinson Crusoe”.

La primera parte, «The life and strange surprising adventures of Robinson Crusoe», salió de la imprenta el 25 de abril de 1719. En agosto del mismo año, apareció una segunda entrega, «Further adventures».

Pocas personas, salvo los estudiosos del singular novelista, están al tanto de que hubo aún una tercera entrega, «Serious reflections», aunque bastante más floja que las anteriores.

«Robinson Crusoe» alcanzó ocho ediciones en un solo año, lo cual en aquella época constituía un verdadero prodigio editorial, y hoy ha sido traducido ya a casi todos los idiomas del planeta. Para componer su celebérrima obra, Defoe se inspiró en las aventuras y desventuras de un personaje tan real como la vida misma: el marinero escocés Alexander Selkirk (1676-1721), coetáneo del escritor.

Dejamos aquí, una parte, unos pocos párrafos a modo de homenaje, e invitamos a usted, estimado lector, a bajar el libro que, sin dudas, está en alguna estantería de la casa y leerlo, en soledad o en familia…

«El buque encalló profundamente en las arenas, de manera que solo nos quedaba tratar de salvar la vida de cualquier manera… Once embarcamos en un bote… Una ola gigantesca cayó sobre el bote con tal violencia, que se dio vuelta en un instante… Nadé hacia adelante con todas mis fuerzas… Fui el único que consiguió pisar tierra, empapado, sin ropa para cambiarme y nada que comer y beber; sólo tenía un cuchillo, una pipa y un poco de tabaco en una cajita… Todo lo que se me ocurrió fue treparme a un frondoso árbol, y allí me propuse estarme la noche entera y decidir, a la mañana siguiente, cuál sería mi muerte.

Anduve primero en busca de agua dulce. Después de beber y mascar tabaco trepé a mi árbol, tratando de hallar una posición de la cual no me cayera si el sueño me vencía. Había cortado un sólido garrote para defenderme.

Al otro día no había huellas del temporal. La marea había zafado al barco y lo había traído hacia las rocas… Poco después de mediodía el mar se puso como un espejo y la marea bajó tanto que pude acercarme a un cuarto de milla del barco (ya entonces sentía renovarse mi desesperación al comprender que si nos hubiésemos quedado a bordo estaríamos a salvo y en tierra)… Nadé hasta el barco.

Las provisiones de a bordo no habían sufrido absolutamente nada; pude satisfacer mi gran apetito, llenándome además los bolsillos de galleta. Bebí un buen trago de ron para fortalecerme ante la tarea que me esperaba… [Armó una balsa, con elementos que encontró en el barco]… Se presentaba el problema de elegir lo indispensable y al mismo tiempo preservarlo de los golpes del mar [eligió comida, herramientas, armas].

Mi próxima tarea fue la de reconocer el lugar, en busca de un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis efectos con toda seguridad… En la isla había aves; me pregunté si su carne sería o no comestible.

Se me ocurrió que aún podría sacar muchas cosas útiles del barco, y me decidí a hacer otro viaje a bordo…

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